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Neoliberalismo, el modelo que nació muerto.

  • 10 dic 2018
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 10 dic 2018


Autor: Arturo Familiar.


Hacia 1911 el liberalismo parecía ser la clave del desarrollo de la humanidad; los sueños de la Ilustración y de la modernidad se estaban cumpliendo, por lo menos en apariencia o, básicamente, en Europa y Estados Unidos. El mundo (o sea, Europa y Estados Unidos) vivía en paz desde hacía unos 30 años.

Para finalizar 1913, apenas dos años después, las cosas cambiaron radicalmente; los tambores de guerra convirtieron a Europa era un gigantesco polvorín que sólo requería una chispa para estallar, y la chispa se encendió el 28 de junio de 1914, cuando el archiduque Francisco Fernando de Austria fue asesinado en Sarajevo.


La I Guerra Mundial acabó con el sueño liberal; la paz alcanzada gracias a los convenios internacionales, el progreso, y las promesas de una sociedad más justa se derrumbaron. Lo que prometía ser un conflicto rápido de reconfiguración europea se prolongó por más de cuatro años; los peores sueños de Goya se hicieron realidad y los sueños de la razón produjeron monstruos jamás imaginados: el Mefistos de Goethe y el monstruo de Shelley se unieron. Jamás se había imaginado tal capacidad destructiva como la vivida entre 1914 y 1918.


El liberalismo murió de manera violenta, pero no lo supo hasta bien entrada la década de los 30. Antes, Europa vivió una terrible crisis económica que arrastró, sin prisas, pero sin pausas, al resto del mundo. Tuvo que estallar la gran crisis de 1929 y la recesión posterior para que lo descubriera.

Lo demás es bien conocido: el New Deal en Estados Unidos, que en la práctica fue la aplicación de las tesis keynesianas en Estados Unidos (de donde se extendieron a Europa Occidental) y el fascismo en Italia (de donde se extendió a Alemania y Japón), la II Guerra Mundial y, el surgimiento, hacia 1949, del Estado de Bienestar.


Si bien, al principio, el Estado de Bienestar fue la materialización de la aplicación de las tesis keynesianas, y tuvo como sentido enfrentar las secuelas de la gran crisis de 1929, terminó presentándose como un contrapeso al avance del socialismo, encabezado por la Unión Soviética (URSS) cuyo auge ocurrió al finalizar la II Guerra Mundial.


La memoria histórica es corta; a partir de la década de los 70 Estados Unidos impuso al dólar, sin más soporte que su propia economía (dejó de soportarla con oro a partir de que los europeos demostraron que había editado más moneda de la que podía sustentar con sus reservas) y a partir de una estrategia de intercambio de protección (así, al mejor estilo del crimen organizado) por el uso del dólar en todas las transacciones económicas que los países de la OPEP hicieran con su petróleo.


Quienes más resintieron los efectos de esa crisis fueron los países menos desarrollados; para finalizar la década de los 70, sólo había una forma de financiar el desarrollo; los créditos internacionales. Los intereses eran bajos y en algunos casos, como el de México, el incremento en los precios del petróleo representaba una garantía de pago a mediano plazo. Pero las tasas de interés aumentaron y los precios del petróleo cayeron; América Latina y los países del área socialista vieron seriamente comprometidas sus opciones de desarrollo.


Hablar del Estado de Bienestar como un modelo económico que basó el crecimiento económico en la inflación no es exacto. Por lo menos no fue así hasta la década de los 70. Lo cierto es que a partir de los 80 el neoliberalismo, es decir, un modelo económico basado en el liberalismo de finales del siglo pasado, parecía ser la clave. Y se impuso globalmente cuando, a finales de la década de los 80 se derrumbó estrepitosamente el bloque socialista comandado por la Unión Soviética.


Y es que había algo muy prometedor en el, supuestamente, nuevo modelo económico: su discurso: libertad, igualdad, inclusión de todos los grupos sociales, equidad, amabilidad con el entorno y oportunidades de éxito para todos los individuos (así: individuos) que se esforzaran y actuaran con inteligencia.


Más aún; el control en la masa monetaria, que sostenía como una clave macroeconómica, permitió detener y revertir la inflación. No es casual que las izquierdas y las derechas lo abrazaran con el mismo entusiasmo: desde Augusto Pinochet en Chile, hasta Francois Miterrand y Felipe González en España.

Nadie reparó en que el neoliberalismo nació agonizante; la década de los 90 se inaugura con una fuerte recesión en los países europeos y que se mantendría hasta 1993. Ese mismo año Argentina sufre una fuerte crisis (efecto tango), en 1994 es el turno de México (efecto tequila), al año siguiente le toca nuevamente a Argentina (nuevo efecto tango), dos años después, en 1997, las economías de oriente entraron al relevo (efecto dragón) y luego, un año más tarde, Rusia (efecto vodka) y, finalmente, en 1999, Brasil continuaría (efecto samba).


El turno siguiente correspondería a Estados Unidos; para 2001 su economía presentaba signos de una profunda recesión, pero un oportuno ataque terrorista a sus centros militar y económico (falló, casualmente, otro a su centro político) y sus consiguientes guerras contra Afganistán, primero, e Irak después, la pospuso siete años. Y desde 2008 el mundo no se ha recuperado de esa gran crisis financiera.

Lo cierto es que el gran discurso neoliberal no se ha materializado; si bien la inflación fue contenida, las enormes contradicciones económicas se han agudizado globalmente: de no ser por China y, en menor grado, por Alemania, la economía global estaría en franca recesión, al mismo tiempo la población se pauperiza (incluso en los países desarrollados), la libertad sólo existe en algunos ámbitos (el presupuesto para los aparatos represivos estatales ha crecido con el mismo ritmo en que ha decrecido el presupuesto para el desarrollo social).


La inclusión sólo está en los discursos; mientras se habla de consultar a los indígenas sobre proyectos económicos en su territorio, comunidades enteras son expulsadas para dar paso a proyectos mineros; las agresiones contra mujeres crecen a un mayor ritmo que su inclusión en el aparato económico y político; el entorno natural está siendo devastado a pasos agigantados y el crimen organizado se apodera de los sectores económicos y de los espacios sociales.


No es casual el avance de los nacionalismos en el mundo entero, desde el brexit en Inglaterra, el avance de la ultraderecha en Francia, el triunfo de Trump en Estados Unidos, el progreso de las izquierdas nacionalista en España, Francia y Alemania.


En México, en las elecciones del 1 de julio, el 53 por ciento de los electores dijeron no al neoliberalismo, lo cual explica la inusitada popularidad de López Obrador y su partido Morena; su propuesta de poner fin al neoliberalismo mantiene el entusiasmo entre la población mexicana y gran parte de la población mundial.

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