Cuidar los sueldos es cuidar la vida | Marx Aguirre



Por: Marx Aguirre Ochoa


Quizá no sea tan sonado como otras conmemoraciones, pero es igual de importante. Cada 17 de junio se celebra el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía con el fin de concienciar y brindar una oportunidad única para poner en primera línea un problema de décadas en México, un enemigo que siempre vuelve, y que ya afecta a casi la mitad de nuestro país, y que al parecer su magnitud no termina de convencer a nadie con poder de decisión.


En el caso de Michoacán, medido en hectáreas, el estado tiene una superficie cercana a los 6 millones de hectáreas (5 millones 864 mil), sobre las cuales existe la vida vegetal y animal, la sociedad humana con sus creaciones de infraestructuras físicas, presas, caseríos, poblados y las grandes ciudades.


La superficie, el suelo, es completamente fundamental de los ecosistemas, el recurso natural básico que suministran los nutrientes a las plantas, permite la recarga de los acuíferos y el reciclaje de los compuestos orgánicos, a la vez que reduce la liberación del carbono a la atmósfera, como uno de los gases responsables del cambio climático.


De, hecho, sin suelo, la vida se coloca en situación de riesgo y por ello, la importancia de que el 17 de junio, sea declarado y celebrado el Día Mundial de Lucha Contra la Desertificación, como oportunidad para retomar el tema, analizar y preocuparse por un proceso que amplía y profundiza en perjuicio del presente y el futuro de la sociedad, de la misma vida humana. La desertificación, supone uno de los grandes retos para el desarrollo sostenible y ha afectado la vida y los medios de vida de millones de personas en la lucha contra la pobreza.


En Michoacán, según datos de la Comisión Nacional Forestal, (CONAFOR), más un millón 360 mil hectáreas presentan niveles de degradación, desde moderada hasta severa a la vez que al año, 30 mil hectáreas de bosques registran deterioro sistemático, provocado por distintas causas entre las que destacan la tala inmoderada e ilegal, los cambios en el uso del suelo, incendios y prácticas agrícolas y ganaderos carentes de sustentabilidad.


Al nivel de productor, el deterioro de los suelos, aumenta la compactación y erosión, disminución en la retención de agua, pérdida de materia orgánica y profundidad, afecta la biodiversidad e impide el crecimiento de la producción y productividad, con sus consecuencias inherentes que impactan los niveles de ingreso y de bienestar de los productores. Suelos pobres sólo pueden sustentar pobreza en la población.


A niveles más amplios, la degradación de suelos provoca aumento en la sedimentación y azolves de presas, lagos, estuarios y canales, reduce la vegetación acuática y degrada el hábitat de peces, incrementa considerablemente el riesgo de inundaciones, el agua se contamina y crecen las emisiones de gases de efecto “invernadero”, entre otras consecuencias.


Por sus causas y efectos, el problema de la degradación de los suelos hasta llegar a la desertificación, implica la presencia de factores diversos, económicos, sociales y culturales, que aconsejan el establecimiento de políticas públicas y programas de carácter transversal que involucra tanto al gobierno como a la sociedad.


El campesino que carece de opciones para sobrevivir, continúa realizando las “tumbas”, “rosas” y “quemas”, para sembrar dos o tres años y terminar dejando a flor de tierra las rocas muertas, sin vida y sin posibilidad de florecer mas que “huizaches”, de igual modo que los que, cortan árboles por necesidad o por negocio, junto a los que realizan desmontas para el establecimiento de plantaciones comerciales, como ocurre también con las demandas de crecimiento urbano, integran cuadros complejos, que es imprescindible corregir con acciones integradas entre las instituciones gubernamentales y la sociedad.


Los suelos, su conservación y su recuperación, siguen sin representar retos prioritarios para las instituciones y la población, siguen sin ser dimensionados en la importancia para la conservación y preservación para comprometer un ecosistema sostenible y sustentable en todos los aspectos. Es tiempo de pensar y actuar con visión estratégica para evitar comprometer el futuro de todos. Es tiempo de planear con transversalidad escuchando todas las voces. Michoacán no debe perder de vista estos aspectos, sin duda.

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